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Martes, 18 de octubre de 2005
En los últimos días hemos asistido a uno de los espectáculos más tristes y conmovedores, cuyo protagonista es el fenómeno de la inmigración. Ya casi nos estamos acostumbrando a ver como los magrebíes intentan arribar a las costas andaluzas en pateras, escondidos en el interior o en los bajos de camiones, patroneados por los mafiosos a bordo de rebosantes lanchas o hasta incluso llegaron hacinadas 150 personas en la bodega de un buque o asistimos en directo al aborto de una operación que truncó el dramático viaje de miles de inmigrantes en un barco ruinoso sin permiso de atraque con destino a las Islas Canarias. Pero esta vez no ha sido así, no eran magrebíes sino subsaharianos (Gambia, Guinea, Camerún, Sudán, Costa de Marfil, etc.) y el modo de introducirse en España fue mediante un asalto a las vallas fronterizas de Melilla.
Como siempre usaron los métodos más rudimentarios, pues escalaban las enormes vallas de 3 metros de altura del lado marroquí con unas escaleras hechas de ramas de eucalipto y recámaras de goma. El segundo paso fue una avalancha de más de 700 personas que intentaron acceder a la ciudad fronteriza, derribando la valla de 6 metros para colarse. Los guardianes les acosaban y si en el lado español la Guardia Civil les esperaba con las porras y las cargas antidisturbios para retener su entrada, al otro lado de la verja la policía marroquí los reprendía salvajemente, con tiros de pistola que dieron muerte a seis de ellos (uno tenía sólo 20 años).
A todo esto, cabe añadir que los sucesos contaron con una gran cobertura de los medios de comunicación que han destapado las formas más brutales de represión, un trato degradante y un olvido total de los derechos humanos.
Estas personas, los inmigrantes, vienen a nuestro país como antes y después vinieron y vendrán marroquíes, argelinos… Africanos o desde los países del Este… rumanos, búlgaros e iberoamericanos: ecuatorianos, colombianos, peruanos…para ganarse el pan y poder sacar adelante a sus familias, para paliar la miseria de los que dejan en sus países de origen enviando parte de sus salarios y para buscar un futuro más próspero en la vida. Pero esta vez, no sólo eso, sino que, además, han venido huyendo de torturas y guerras. Algunos de ellos venían pidiendo asilo político porque en sus países se está matando a la población.
Ante el seguimiento informativo de los trágicos y lamentables hechos, el Gobierno español y la Unión Europea han reaccionado. Han tomado 2 medidas, la primera ha consistido en reforzar el control fronterizo con el envío de más de 400 militares a la zona y la creación de una tercera valla, elevar la altura de las que son de 3 metros, recreciéndolas hasta los 6 metros, etc. para hacerlas infranqueables. Eso sí, esperemos que la sorpresa negativa que se llevó Zapatero al descubrir que las vallas actuales están rodeadas de una alambrada de espino y concertina con cuchillas con las que se hieren y dañan profunda y hasta gravemente, hasta incluso desangrarse los subsaharianos que quieren llegar a Melilla, sirva para corregir esos cepos humanos que bordean la frontera. La segunda medida pretende intervenir en la economía de sus países para alejarlos de la miseria y hambruna en la que están sumidos, todo ello a través de programas y acuerdos internacionales (ya sabemos a que se reducen estas medidas a largo plazo y donde se quedan la mejora de las condiciones del tercer mundo y la ayuda para la desaparición del subdesarrollo).
¿Qué ha traído como consecuencia práctica estas reacciones? La expulsión inmediata de los inmigrantes y el compromiso a que han forzado a Marruecos para un mejor control de sus fronteras. Todo ello traducido a la realidad es la deportación por parte del Gobierno alauí de más de 1.000 personas (inmigrantes de diversos países africanos) en pleno desierto del Sáhara, dónde no hay nada, ni ciudades ni agua ni comida, sólo arena y muerte, la de más de 14 personas.
Es claro mi posicionamiento a favor de la eliminación de todas las fronteras de este mundo; desde las fronteras mentales, que son, a la larga, el verdadero peligro para el progreso de la humanidad, hasta las fronteras reales que se levantan en los límites territoriales de los países… Como decía Sartre: “Cada hombre debe inventar su camino” y para ello no se deben poner límites ni barreras. ¿Qué clase de mundo es éste?
Un mundo donde se acota, pone trabas y restringe el movimiento de sus habitantes, que niega la posibilidad a sus seres de elegir que parte de su inmensa naturaleza ha de acompañar el paso de sus días y que cierra sus espacios con vergonzosos muros del hambre para no dejar a otras personas que puedan residir, trabajar, en definitiva vivir más allá del lugar donde nacieron y poder alimentar a sus familia o salvar sus vidas.
Me niego a aceptar un mundo así, rechazo a todos los gobernantes que amparen lo que está ocurriendo en acción u omisión de sus responsabilidades. Por humanidad, por civismo, por solidaridad, por derecho y por vergüenza que nadie eche la cara para otro lado y menos aún quienes están en lo alto… Ellos que sí pueden actuar de verdad, que no nos fallen ahora.
Por: Jerónimo Medina Valcarreras | ACTUALIDAD Y OPINIÓN: | Comentarios (0) | Referencias (0)